Barletta, Loana

Probablemente sea difícil de imaginar un buzo con hidrofobia y aunque cuando comencé a experimentarla no sabía ni siquiera que se llamaba de esa forma, sabía que el agua me generaba una profunda sensación de temor y desprotección.

Desde chica, el sólo hecho de asistir a una quinta que tuviera una pileta, despertaba mi lado más vulnerable. La parte “bajita” me dejaba tranquila pero en cuanto alguien intentaba animarme a abandonar mi lugar seguro para llevarme al lado más profundo, mi cara se desdibujaba y el miedo se hacía presente. Lógicamente esta situación se acrecentaba cuando en lugar de una pileta mi aventura era en el mar. Es seguro que a la gran parte de los chicos les sucede esto pero en algún momento lo superan y logran disfrutar del agua cada vez que pueden. En mi caso no fue así.

Cuando ya tenía veinte años recibí una invitación para vacacionar en Florianópolis, en el sur de Brasil. Según me decían las aguas eran amigables y eso me dejaba bastante tranquila. Viajé junto a la familia de mi novio, mi segunda familia, quienes iban a su vez con una unos amigos... los Tournier.

Difícilmente hubiera imaginado que yendo en compañía de tantos buzos iba a terminar siendo una más... yo, la que tenía miedo al agua, la que aprendió a nadar a los 16 años a fuerza de voluntad, la que fue a Cozumel (cuna del buceo) y no buceó por miedo. Me resultaba completamente imposible. Sin embargo, a los pocos días de estar disfrutando del sol y de la playa, surgió la propuesta de hacer el bautismo de buceo. En primera instancia pensé que no, no podía imaginarme estar debajo del agua, en lo profundo. Después, escuchar los relatos de sus experiencias en buceo me despertaron la curiosidad y las ganas de compartir con ellos, mis seres queridos, esa experiencia. Pero sabía que me faltaba algo para animarme a superar mi temor. Ese algo apareció algunos minutos después con la idea de ser él quien me llevara en mi bautismo. Ese algo... ese alguien, se llamó Leo Tournier.

Así, acepté hacer una prueba en la pileta de la operadora para ver si me sentía a gusto y confirmar o no mi bautismo en la isla de Arvoredo. Entrar en la pileta no fue complicado, el agua no me llegaba más que a la cintura. Leo se encargó de colocarme el equipo, completamente ajeno para mi. Desde el momento en que entramos en la pileta, la cara de Leo cambió, al menos del Leo que hasta ese momento era un compañero de vacaciones, risas y chistes constantes. Su cara se llenó de seriedad, pero no de esa que connota preocupación, sino de esa que demuestra concentración en lo que hace y que en mí comenzó a generar confianza. Una confianza que se hizo más presente cuando debajo del agua me explicó los pasos mínimos para el buceo, cuando con una paz enorme me tomó de la mano y me hizo dar una vuelta a la pileta, cuando después de eso que para mi era todo un logro, con mucha dulzura me señaló e hizo su gesto de aplauso, ese que todos conocemos.

No hace falta decir que mi decisión de hacer el bautismo se terminó de afirmar ese día, por lo cual Gustavo, Luciano, Leo y yo compartimos en Arvoredo el fin (aunque no por completo) de mi miedo al agua. Gracias a ellos, gracias a su serenidad y a la confianza que me inspiraron, pude hacerlo.

Leo me inspiró al regreso de las vacaciones a hacer el curso de Open Water junto a mi prima Macarena y fue algo único e irrepetible, porque una vez más debajo del agua me sentí bien, porque Leo siguió generando una sensación de protección que pocas personas habían generado en mi en torno al agua y porque gracias al buceo compartí hermosos momentos con las personas que quiero. Por todo esto, gracias Leito!