Szelagowski, Blas

Son las siete de la mañana. Jamás me levanto a las siete de la mañana en vacaciones, pero algo especial me motiva hoy. San Andrés es cálido y apacible, y el día es perfecto. Mientras armo la mochila veo a mis amigos durmiendo y me hace gracia… parece que fue una noche agitada. No me importa demasiado; valió la pena acostarse temprano.Sobre el micro voy pensando en aquella mañana de octubre en Puerto Madryn cuando hice la primera inmersión en aguas abiertas. Nunca me pude desprender de ese día sagrado; jamás habrá inmersión como esa… y tampoco distinta. Siempre me devuelve a la fuente. Es, en una forma extraña, la primera de todas, y todas mis inmersiones a la vez.En la operadora lo de siempre:  “dejáme ver tu brevet”… “firmáme esta planilla”… “son tantos morlacos por cada buceo doble”… “¿no tenés un amigo que quiera hacer un minicurso? Nosotros en un día lo hacemos buzo!!!”… “No gracias, a mis amigos no les gusta ahogarse todavía”… “Pero los llevamos a 15 metros nomás!!!”… “daaaaleee, un amigo más, un amigo menos… que diferencia te hace”… “Señor, no se enoje, pero empiezo a sospechar que me formaron con otros criterios”... En fin, todos los buzos arriba del bote y a cortar el agua a toda vela hacia nuestro rinconcito azul. El agua color turquesa parece competir con el celeste del cielo a ver cuál es el más nítido de los dos. El casco golpea contra las olas y ese intenso olor a mar me anticipa como a baldazos lo que esta por venir.En el sitio, todos estamos preparándonos. Un experimentadísimo buzo hace alarde de su destreza frente al resto, pero segundos más tarde arma su equipo totalmente al revés; un par de italianos con más implementos que conocimientos se atan a las piernas unos cuchillos que pesan como dos kilos; otros están en busca de una luneta perdida. En medio de ese ruido necio oigo una sola voz y es la de Leo. Lo oigo clarísimo y me anticipa todo lo que estoy viendo: “cuando salgas a bucear solo vas a ver muchas irregularidades”... “vas a sentirte más exigente que el resto”. Ahora entiendo y agradezco: me exijo porque me exigieron hacerlo; me exijo porque así me enseñaron y porque así es como se disfruta de muchos buceos por el resto de la vida, y no de unos pocos… Me exijo porque me quiero divertir sin arruinarle la diversión a los demás.Ahora sí! vestido, equipado y habiendo chequeado todo con mi compañero ya no puedo esperar más… el agua me llama. Segundos de entusiasmo. El instructor me grita “¡libre!” y es sin duda la mejor palabra del mundo. Me deslizo hacia atrás y disfruto de ese instante renovador que existe entre la caída y el agua, entre este mundo y el otro.Es de golpe que siento como me envuelve, como me enlazan sus brazos azules, como me susurra su líquida voz de milenios y milenios. Es como caer en la cuna, volver al origen de toda la vida: es volver al seno materno.Ya está. Todo ruido ha callado ya, y ya no importa. Todo histrionismo queda abatido por ese majestuoso silencio y el ego más grande se hace añicos contra la inmensidad del mar. Ese mismo mar que, en un sentido eterno, algún día vio florecer a las más gloriosas civilizaciones de Centroamérica; el mar por el que un día vieron llegar a su exterminador montado en tres carabelas; el mar por el que navegaron los hombres de Morgan cargados de oro ajeno; el mar por el que llegaron al puerto de Cartagena hombres, mujeres y niños arrancados de sus hogares en África. Ese mismo mar que hoy alimenta un pueblo que pesca para vivir, y vive para bailar, y baila para reír, aún cuando la pesca no siempre sea buena.Bajo el mar de los siete colores el veril se hunde en una mística e infinita penumbra. Miro hacia lo profundo como pidiendo permiso, porque sé que aquí estoy de invitado por un rato. Y nado solo junto con los peces, únicos y dignos custodios de los grandiosos secretos abisales.